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Un sillón coloreado en la Cañada.
- Siempre pienso que todos cuando me miran están convencidos de que no sirvo.
- ¿Para qué?
- Para nada.
- ¿Pero en qué contexto?
- El otro día me pasó… eligiendo un kilo de apio… (silencio) Jajaja.
- Jajajajaja.
- Qué random.
- El apio ahí: ¿quiere que le baile? Jajaja.
- Jajaja. Un poco me acordé de vos y me reí…  Bajó la catastrofización cuando lo miré desde el absurdo. Es que ya a esta altura… ya sé, el cuerpo no me avisa de peligros, a veces me queda la maña, me gusta poder reírme.
Toda mi práctica clínica está atravesada y marcada por lo único que me sale natural: el humor. “¿Cómo? ¿Te reís de los pacientes?”, me preguntan los que nunca han tenido contacto con una psicoterapeuta como yo. 
No. No me río de los pacientes. Uso el humor ya disponible para entrar en contacto con lo más sagrado que puedo construir en el consultorio: la confianza. El humor reduce la resistencia, humaniza. 
Para abordar este tema es esencial entender qué es la alianza terapéutica. Luborsky habla de la sensación de apoyo y ayuda que experimenta el paciente, proporcionada por el terapeuta como contenedor y, luego, en fases posteriores del proceso terapéutico, como la sensación de trabajo conjunto hacia la superación de los impedimentos y su malestar.
Las investigaciones diseñadas con el objetivo de estudiar la relación entre la alianza terapéutica y la eficacia de la psicoterapia conforman un cuerpo considerable de publicaciones en la última década, y la mayoría de ellas encuentran una relación significativa entre la alianza y el resultado final de la psicoterapia. En lo que están de acuerdo la mayoría es: la alianza terapéutica resulta ser un buen predictor de los resultados psicoterapéuticos.
La “buena onda”, la predisposición a la sonrisa, al remate, es una forma más de atención plena sobre lo que se está comunicando. No es sólo escucha, sino que estoy activamente tratando de entender cuál es el hilo de pensamiento del paciente, con una lectura de contexto y adaptabilidad que también me lleven a entender qué le resulta irónico, qué lo alivia, en qué risas se refugia, es decir, de qué se ríe cuando se ríe.  El humor bien administrado es un gran catalizador que permite tomar una perspectiva diferente frente a los problemas de la vida, facilitando encontrar soluciones creativas y posibles.
Pero esto es muy importante: antes de usar técnicas específicas con humor, se tiene que haber construido una alianza de trabajo sólida. Si el humor se percibe como burla (humor agresivo), la distancia de seguridad desaparece y el paciente se retrae. El humor siempre debe estar al servicio del bienestar del consultante, y nunca para demostrar la agudeza del terapeuta.
Érica Rivas sobre la risa y el humor como herramientas para afrontar el mundo en el Podcast COMEDIA de Adrián Lakerman.
La ironía bien direccionada es una excelente intervención
Este estilo terapéutico es una artesanía. He acompañado ansiedades clásicas, trastornos de ansiedad generalizados, trastornos límites de la personalidad, depresiones con brotes psicóticos, duelos de familiares cercanos, y siempre hubo lugar para que el paciente se sienta alojado con una sutil sonrisa o un chiste compartido que refuerce toda esa confianza de la que hablábamos.
Al final, es un sello de que a pesar de tener que movilizar tanta energía psíquica y conductual, la postura del profesional puede acompañar desde un lugar menos dramático y solemne, y eso a veces, es una excelente intervención. 
El elemento cómico encuentra la solución, por lo menos en el día a día. Como los videos que aparecen de algún cordobés disfrazado de Homero en plena calle con un montón de panes de panchos que le fueron regalando en el camino; gente que empieza a bailar en plena peatonal sin reparo porque un tipo con una máscara puso “Bla bla bla” de Gigi D’Agostino a todo volumen; trabajadores de la construcción haciendo algún sketch con el característico, ácido y creativo humor cordobés; la policía tirándose tremenda coreografía al ritmo de un trap con la letra cambiada invitando a ponerte el cinturón de seguridad; o un borracho que dormía en plena vereda de un pueblo del interior recibiendo un micrófono para hacer karaoke a las 10 de la mañana. 
Parece que está en el ADN de nuestra ciudad. No podemos vivir sin realzar lo absurdo que es todo. Y elegimos la postura del humor como filosofía de vida, y para ello se necesita haber desarrollado una capacidad de introspección sobre nuestro origen y nuestro devenir. El que practica habitualmente el humor hace una continua reflexión sobre su sentido de la vida. Y subyace una actitud de aceptación. 
Para la terapia de aceptación y compromiso, la aceptación es distinta a la resignación, la experiencia es completamente diferente. Esta última tiene que ver con ya no saber qué hacer para sacarse de encima lo que está sucediendo pero ya sin luchar con tratar de controlarlo.
Tratar de controlar los pensamientos y las emociones aversivas resulta una experiencia interna también aversiva. Aceptar, en cambio, involucra experimentar sin rechazo lo que me está pasando, con interés o curiosidad, como una experiencia más. No trato de modificar la intensidad o la frecuencia, sino de modificar cómo se responde a ella. Aquí es donde entra el recurso del humor. No es sentir menos ansiedad o más suave, sino que es recibirla como se presenta, sin esfuerzo por controlarla o atacarla… con una cierta “indiferente gentileza”.
Alcántara explica que el humor actúa como un "amortiguador", un buffer. No es que el problema desaparezca, sino que el humor permite una reestructuración cognitiva: al reírse de una situación estresante, el sujeto cambia la percepción de "amenaza" por una de "desafío". Lo que quiero decir es que en sesión, lejos de posicionarnos como "terapeutas graciosos",  estamos siempre enfocándonos en esta maniobra de cambio radical.
Muchos pacientes simplemente pierden la perspectiva de sus circunstancias. El humor no soluciona ninguno de los problemas, pero ayuda a verlos de un modo distinto. El humor funciona como un desplazamiento de perspectiva.
El humor lo entiende todo, especialmente el absurdo.
Martita, personaje icónico del Centro de Córdoba. TikTok de @davidsvetliza.
La risa
La risa contrae y relaja los músculos, produciendo una sensación de relajación; es contagiosa, descarga tensión, te pone entre paréntesis un momento. Fisiológicamente, estudios demuestran una reducción inmediata de cortisol y epinefrina tras la risa, lo que ayuda a desactivar el sistema nervioso simpático (el de "lucha o huida").
En el estudio que menciona Alcántara sobre las intervenciones basadas en el humor (como la risoterapia o el entrenamiento en habilidades de humor), se habla de que son efectivas como complemento, especialmente para reducir la rumiación cognitiva, mejorar la calidad de vida en pacientes con enfermedades crónicas, fortalecer la resiliencia, y algo que me parece indispensable en consulta: se devuelve una sensación de control.
Claro que la risa puede ser agresiva convertida en un arma para atacar al otro, y se entiende que tradicionalmente se asocia a una falta de seriedad, relacionada a profesionalismo, por eso está prohibido en algunos lugares sagrados. 
No tengo pruebas pero tampoco dudas: ser seria y profesional son dos cosas distintas. El profesionalismo no tiene por qué tener la característica de seriedad. 
He aquí algo muy importante: el humor es ante todo, reírse de sí mismo, no de los demás. Reírse de los demás es fácil, pero no es humor, es sarcasmo. Para reírte de vos mismo necesitas mucha humildad, toda la humildad del mundo… esa es la ética del humor. 
El humor como acto de resistencia 
El humor puede ser una posición ética y existencial. Viktor Frankl decía que incluso en nuestras últimas circunstancias siempre conservamos el elegir nuestra actitud. Cuando una persona puede hacer chistes sobre su propia tragedia, está impactando de otra manera: "esto me duele, pero no me absorbe. Soy más grande que mi problema". El humor es una pequeña revolución, invierte jerarquía porque me convierto en un observador activo que puede burlarse de la situación.
El humor tantas veces fue parte de “digerir lo insoportable” que opera muchas veces como nuestro más preciado mecanismo de supervivencia, impidiendo el colapso psicológico. No son casuales los ejemplos que puse. Todo esto funciona como regulador emocional para evitar un exceso de dolor. Y en Córdoba eso sale solo. Vomitamos humor. No es resistencia basada en la negación (pretender que no pasa nada), sino en la aceptación desafiante. Es decir: "acepto que esto está pasando, pero me resisto a que me quite la capacidad de sonreír". Finalmente, esta resistencia no es sólo individual, sino colectiva. Vanistendael habla de cómo el humor compartido en situaciones de crisis crea una identidad de grupo. Se crea un nosotros que resiste mejor a un yo aislado.
Quien tiene sentido del humor sabe de la finitud de su propia vida y de la posibilidad de disfrutar de lo que le es dado. Tiene una perspectiva dada desde un punto de tranquilidad porque nada es tan terrible como para provocar un temor eterno. En este sentido, quien tiene sentido del humor, hace permanentemente de su vida una obra de arte.
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Esta nota fue redactada al 100% por un individuo en situación de humano. Cualquier uso de máquinas inteligentes y virtuosas se redujo al mero acceso a la información, investigación y creación de imágenes absurdas. 
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