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¿Qué tienen en común los otakus, los bailarines de k-pop, la comunidad biker, una academia de artes marciales, una kiki y los gym bros? Todos conviven en la explanada de la municipalidad. Un vistazo al ecosistema que habitamos los cordobeses alguna vez en nuestra vida.
Ecosistema típico de la explanada del Palacio 6 de Julio. Collage ficticio hecho con máquinas.
Algún fin de semana de 2015. Termino de almorzar y voy directo a bañarme. Salgo, me seco y me plancho el pelo: no me importa si me lo quemo, si hay mechones que siguen húmedos y aún menos cuando de la planchita sale humo. Saco mi minishort de denim –ese que sólo podes usar cuando todavía no pasaste los 20—, mis cancanes negros y una musculosa negra con un montón de strass. Me pongo mis zapatillas tipo botitas y una cantidad abrumadora de pulseras y collares. Miro la hora en mi Samsung Galaxy Pocket y veo que son casi las dos de la tarde. Le digo a mi mamá que ya estoy lista y me dice que no voy a salir hasta que lave los platos. Le digo que me están esperando y me responde que no le importa. Yo sé que esta guerra no la gano. 
Cuando termino de lavar, le mando un mensaje a mis amigas. Les digo que me demoré pero que ya salgo a buscarlas. Saludo a mi papá que se está por ir a dormir la siesta y le pido que me dé cien pesos. “¿Tanto vas a gastar?” me dice, “es por si queremos comer algo pa’, dale, no seas rata” le digo y, como todos los fines de semana, me los da. 
Nos subimos al auto y pasamos a buscar a cada una de mis amigas –de esas que sólo duran hasta la secundaria–, y en cada parada mi mamá queda unos minutos charlando con las otras mamás, mientras nosotras nos comparamos los accesorios. Conducimos por la ciudad y finalmente llegamos: la plaza de la Muni, la “intendencia” o como quieran llamarla. Nos bajamos y vamos corriendo hacia nuestro grupo de pertenencia. 
“Maldición, hoy va a ser un día hermoso”, pienso. 
Cuando me propusieron escribir esta nota, confieso que no me entusiasmé al principio. Pensé: ¿qué tiene de interesante un grupo de adolescentes que bailan o unos skaters con acné? ¿Qué tan relevantes son como para dedicar unas mil palabras al artículo? Tal vez nada, tal vez todo. Y es que la cultura pop está muy bastardeada, incluso por quien escribe. 
Y de repente, recordé: yo fui una chica pop. Por supuesto que en esos tiempos no se escuchaba música asiática, tampoco caminábamos en cuatro patas ni practicábamos artes marciales. Lo nuestro era otra cosa. Las fiestas electrónicas recién estaban surgiendo en Córdoba y, como todo adolescente, uno tiende irse a los extremos: lo nuestro era el dubstep. 
Póster de un viejo grupo de Facebook de la fiesta electrónica NoMan.
Cuatro chicas de los barrios sur de la ciudad, inscriptas en un colegio católico y con madres sobreprotectoras, una fórmula más que interesante. Fue en ese complicado intento puberto de descubrirnos que encontramos a los “Zombies nomaneros” un grupo de otros adolescentes –y lamentablemente, adultos– de diferentes partes de la ciudad que se unían bajo una misma premisa: adorar las fiestas tecno. 
Desempolvando el cajón de los recuerdos, lo más llamativo que me resulta de esos tiempos es la organización implícita. Uno no podía ir cualquier día a cualquier hora; las reuniones estaban pensadas para no invadir el espacio de los otros. Los domingos los zombies nomaneros no podíamos asomar la nariz y los viernes se reunían los grupos de bailes a ensayar frente a los ventanales que, hasta el día de hoy, funcionan como espejo. Cada grupo tenía sus propias reglas y no era permitido que otros se atrevieran a romperlas. La explanada de la Muni servía de ecosistema, uno en el que todos convivíamos.
Léase ecosistema como un sistema biológico constituido por una comunidad de organismos vivos (biocenosis) y el medio físico donde se relacionan (biotopo). Se trata de una unidad compuesta de organismos interdependientes que comparten el mismo hábitat.
Lamento mucho, señor o señora lectora, que esta introducción resultara tan larga, pero no puedo abordar este tema si no es desde la experiencia propia. Los ecosistemas mutan, los organismos que los componen van muriendo y llegan otros a reemplazarlos (biocenosis), lo que causa que el medio físico también sufra de transformaciones (biotipo). 
No por nada al pasear por la explanada uno puede observar diversidad de grupos unidos por temáticas en lo que parece ser una asignación tácita del espacio: los bailarines siempre van a estar cerca de los ventanales; los skaters se pueden encontrar en las escaleras; en el medio de estos dos tipos de biocenosis se divisa a las escuelas de artes marciales o capoeira en lo que es una demostración de habilidades trabajadas; y, siempre de paso, los vendedores de pan relleno. Si un turista me preguntara dónde puede encontrar algo que sea típicamente cordobés, le señalaría dicho lugar. 
Se podría pensar que esta agrupación heterogénea de seres vivos en un mismo espacio es casualidad. Tal vez por la ubicación, tal vez por sus características. Y sí, estos son factores fundamentales. Pero sería falso aseverar que estos dos son los únicos influyentes. 
Freestyle en el Paseo Sobremonte que rodea la explanada de la Muni. De OnlyBars 2.0.
En mi afán por conocer más del tema descubrí que el edificio comenzó a construirse en 1953 por el estudio Sepra dirigido por los arquitectos Santiago Sánchez Elía, Federico Peralta Ramos y Alfredo Agostini luego de ganar el Concurso Nacional de Anteproyectos organizado por la Municipalidad. Ocho años después, en 1961, el edificio es inaugurado en el 388° Aniversario de la Ciudad. A partir de ese momento, la edificación de estética brutalista (muy de moda en el período de postguerra y caracterizado por representar la austeridad) no parará de ser un eje de la ciudad cordobesa, por diferentes causas y no todas buenas. 
En la última dictadura militar de 1976, la cochera de la Muni funcionó como centro de detención clandestino, donde se estima que 25 empleados públicos fueron amenazados, torturados y desaparecidos. Una biocenosis mutilada. Años después, con los movimientos de Derechos Humanos, se reconoció al espacio y se reconstruyó parte de la historia. El biotipo, una vez más, cambiaría. 
Kiki Session en la explanada de la Muni. De Be Ballroom Cba.
Décadas después, en 2019, es declarado Monumento Histórico Nacional por su estética brutalista. Durante estos años, miles de acontecimientos sucedieron. Y si bien el cordobés promedio va a la explanada por voluntad propia, no hay que obviar que en algún momento la cita con el lugar es inevitable. Desde cursos de grafitis, juntadas con amigos, hasta clases de tango y folclore, la amplia galería invita a ser recorrida y utilizada a gusto y piacere del usuario. 
A modo de cierre, me gustaría aclarar algo: en el título de este artículo afirmo que la Muni es pop. ¿Por qué? Sinceramente, al principio, no tenía una justificación realmente válida, el título –y argumento– iba a ser otro. Pero a lo largo del proceso me encontré llegando siempre al mismo lugar. Fue entonces que me topé con el capítulo de un libro de Ariel Gómez Ponce, investigador del CONICET, titulado “En busca de lo icónico. Prolegómenos para una semiótica de la cultura pop” el cual dibuja una definición que voy a tomar muy a mi favor: establece “lo pop” no como un género musical ni como un movimiento estético setentero, sino como un fenómeno de producción de sentido perteneciente a las masas y su uso social de los signos. Lo pop, dice, es una arena donde se perciben las huellas materiales de las subjetividades. Y esa arena, en Córdoba, tiene un nombre: el Palacio 6 de Julio.
Esta nota fue redactada al 100% por un individuo en situación de humano. Cualquier uso de máquinas inteligentes y virtuosas se redujo al mero acceso a la información, investigación y creación de imágenes absurdas. 
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