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Ayer, después de casi una semana, apareció el cuerpo de Agostina Vega sin vida en un descampado de Ampliación Ferreyra. En el momento en que me llegó el mensaje que confirmaba lo que tantos esperábamos, estaba con dos compañeras de militancia editando un video para postular a un fondo internacional que nos ayude a sostener nuestro trabajo de acompañamiento a víctimas de violencia machista.
Pensé en mi prima más chica, que actualmente tiene la edad que tenía Agostina. Y, aunque una parte de mi cabeza se resistía, imaginé también a Agostina en el momento exacto en el que se dio cuenta que no saldría de esa casa con vida.
La noticia, que tarde o temprano iba a llegar, nos golpeó de la peor manera. Durante la mañana habíamos estado grabando a una referente del observatorio de MuMaLá y la alegría del encuentro se desvaneció en segundos.
Dejamos de lado nuestra tarea, que de respetable pasó a ser insignificante, y nos
quedamos en silencio por un rato, sentadas en la mesa de la cocina. La catarsis no tardó en llegar. Aprendimos que, cuando el ronroneo mental y emocional empieza a apoderarse de nosotras, es mejor hablar. "¿Cómo puede ser?", nos preguntamos una y otra vez, tratando de encontrar esa respuesta que hace tiempo entendimos que no existe.
quedamos en silencio por un rato, sentadas en la mesa de la cocina. La catarsis no tardó en llegar. Aprendimos que, cuando el ronroneo mental y emocional empieza a apoderarse de nosotras, es mejor hablar. "¿Cómo puede ser?", nos preguntamos una y otra vez, tratando de encontrar esa respuesta que hace tiempo entendimos que no existe.
De la purga pasamos a la bronca. Mientras íbamos hablando y compartiendo los peores pensamientos, nuestros cuerpos se iban sintiendo más inquietos y el impulso nos levantaba de las sillas. Íbamos y veníamos sin parar, calentábamos la pava, fumábamos, tomábamos mate, hablábamos con nuestras compañeras por WhatsApp y actualizábamos nuestras redes para saber las novedades. “Vamos a romper algo”, dijo una de mis compañeras y, en cuestión de segundos, estábamos arriba del auto yendo a la Policía, donde, teóricamente, iba a ser la conferencia de prensa del honorable fiscal Garzón.
Estacionamos el auto y caminamos dos cuadras. Estaba comenzando a anochecer y la luna llena se asomaba entre la cúpula de la catedral. En la calle de Córdoba se sentía una energía extraña. Una señora y una joven que llevaba un cochecito hablaban del caso y, tal como nosotras hacía unos minutos atrás, se preguntaban: ¿Cómo era posible que no se hubiera podido prevenir tal desgracia?
Caminamos en silencio, movidas por el enojo. Marchamos por la Avenida Colón hasta la Central de Policía. Llegamos con el deseo que seamos muchas, pero sólo encontramos vallas y oficiales. “La conferencia va a ser al final en Tribunales II”, dijo una policía. Sin mirarnos y sin dudar, dimos media vuelta, regresamos al auto y encaramos para allá. Hacía menos de ocho meses habíamos estado ahí, en esa misma puerta de Tribunales II, acompañando a una de nuestras compañeras en el juicio por el femicidio de su mejor amiga. Ahora, el motivo era el mismo, pero la víctima era otra.
Al llegar, nos encontramos con otras cinco personas, seguramente movidas por el mismo sentimiento de injusticia que nosotras. Las saludamos, intercambiamos algunas palabras y nos quedamos esperando a que se sumen más personas para hacer ruido. “Para la conferencia de prensa tienen que ir por la puerta de Laprida”, interrumpió uno de los policías que estaba custodiando que no rompamos nada. Las tres, que estábamos sentadas en la vereda, nos levantamos y caminamos hacia allá. “Digamos que somos de una radio así nos dejan entrar”, dijo una de nosotras y así lo hicimos. La mentira jugó de nuestro lado. Atravesamos dos ingresos policiales y entramos al tan flamante edificio donde las personas van a pedir justicia. Caminamos por un pasillo que parecía interminable hasta llegar a la sala donde se desarrolló la conferencia o, más bien, la tragicomedia protagonizada por el fiscal Garzón.
Cuando llegamos, la sala ya estaba llena de periodistas. El aire no funcionaba y parecía un sauna suizo. Los medios provinciales estaban enojados con los medios nacionales. Por supuesto, no nos sorprendió que sólo hubiera cuatro mujeres además de nosotras y que el resto fueran hombres.
Cámaras por todos lados, micrófonos, celulares, rayas del culo y varones transpirando. Periodistas alterados y al acecho, esperando que aparezca el fiscal Garzón para atrapar a la presa y obtener el mejor titular del mes. Sin duda, lo lograron. En el centro de la escena estaba él, custodiado por más de ocho hombres. A su izquierda, el ministro de seguridad desencajado y, a su derecha, el abogado, que masticaba chicle con desprecio y se movía en la silla como si nada de eso le importara. Garzón, el fiscal que habla de sí mismo en tercera persona. Ese tan honorable señor que “le dio la posibilidad a la madre de Agostina de hacer el duelo”; que, aunque Agostina haya aparecido asesinada, “no tiene ninguna autocrítica para hacer”; que no activó la Alerta Sofía a tiempo; que felicita a los canes por haber encontrado a una criatura de 14 años muerta en un descampado. Ese hombre, que según él encarna la ética y la moral, pero desde el comienzo puso en duda la integridad de la víctima. Ese fue designado por otros hombres para protegernos.
Nos quedamos una hora y luego nos fuimos. En la puerta ya había más personas. Mujeres y hombres con carteles pidiendo la renuncia de Quinteros y Garzón. Gritando fuerte Ni Una Menos. Pidiendo justicia. Amigas abrazándose y madres llorando sin parar.
Ayer, cuando me enteré sobre el final de Agostina, me dieron ganas de romper todo, pero me di cuenta que esos héroes de la patria: gobernadores, ministros, fiscales, periodistas; esos hombres tan ilustres y distinguidos ya lo habían hecho.
No solo fueron cómplices y culpables del asesinato de Agostina, también lo fueron del resto de los femicidios. Rompieron en mil pedazos la vida de una niña de catorce años.
Esta nota fue redactada al 100% por un individuo en situación de humano. Cualquier uso de máquinas inteligentes y virtuosas se redujo al mero acceso a la información, investigación y creación de imágenes absurdas.