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El terror es la anticipación y el miedo psicológico a algo horrible que podría pasar, creando suspenso, es aprehensión de lo terrible. El horror es la repulsión y el shock visceral de lo espantoso. ¿Qué pasa cuando el terror se borra y sólo queda el constante horror? La ciudad se llena de olor.
En la edición de Halloween del año pasado de Hay Algo Ahí, Mariana Enriquez le contestó a Tomás Rebord que la actualidad está caracterizada por un terror poco glamuroso. Tiene todo lo malo del terror sin todo lo bueno: la elevación de la imaginación. El morbo de imaginar los peores escenarios posibles es degollado por una contemporaneidad guaranga.
Es usual que, al caminar por la peatonal adyacente a 27 de Abril, por las calles circundantes de Avenida Colón o incluso por el laberíntico barrio cervecero de Güemes, la nariz del cordobés promedio sea atacada: el olor a los orines —sí, en plural—, las veredas pegajosas, la basura desperdigada hacen el habitar la ciudad algo imposible. Fue en uno de mis paseos que se me vino a la mente Enriquez: cuando me acerqué al maravilloso mundo del terror, la referente en literatura ofrece una Argentina caótica, oscura, perversa y visceral, pero ante todo, glamurosa. Y si bien sus narrativas se centran sobre todo en una Buenos Aires mitad recuerdo, mitad ficción, no pude evitar compararla con mi Cordobita: hermosa, destartalada, ácida y potente, ahora poco digna. Y esto me lleva a pensar que estamos en una época tan poco glamurosa: todo huele a pis. 
La Ciudad de Córdoba es atacada por un inodoro gigante.
Días atrás, en nuestro célebre festival de Doma y Folclore celebrado en Jesús María y, casualmente, en medio de los incendios que devoran y arrasan las tierras de la Patagonia, Javier Milei decidió presentarse a cantar “Amor salvaje” junto al Chaqueño Palavecino –que por cierto es salteño-. Luego de la presentación pudimos apreciar múltiples videos en Full HD de la “raja” del presidente: todo mientras la ciudad sigue sucia y la Patagonia es reducida a una mancha estéril y gris, “casualmente” barata para “casuales” empresas inmobiliarias extranjeras o empresarios. 
Confieso que el momento hubiera sido divertido, de no ser que esa raja se siente en el sillón de Rivadavia y toma o debería tomar decisiones con respecto al presupuesto de emergencias contra incendios a nivel nacional; reglamentaciones de tierras protegidas o simplemente la división de fondos asignados a las provincias, los cuales, en parte, podrían ir a mantener la higiene en la ciudad. En cambio, nuestra raja presidencial lleva hasta el 22 de enero 176 publicaciones en Instagram y más de 101 historias en las últimas 24 horas; probablemente más de mil en lo que va del 2026 (perdonen la inexactitud de esta última cifra, es imposible contarlas todas). Horroroso, ¿no?
Historia en Instagram del Presidente Javier Milei.
Fun fact: el tiempo promedio en publicar una historia es de seis minutos. Se tiene en cuenta la elección del contenido, la adecuación del tamaño, la elección de alguna canción que le aporte un plus a la publicación y la redacción de un breve texto. 
Si multiplicamos las 101 historias por seis minutos, nos va a llevar que el Javo boludeó 10 horas y seis minutos en un mismo día; si multiplicamos las 176 publicaciones, nos da 17 horas y seis minutos. De la calidad de los posteos, bueno, eso es tema para otra nota.
Ciertamente estoy enojada con Enriquez, aunque sé que no debería. Más bien mi odio esconde algo más: decepción. No me malinterpreten, no digo que la decadencia, la pobreza o la pérdida de lo que alguna vez fuimos como Nación deban gozarse, pero mi mente configuradamente terrorífica solo puede ver con ojos de asco lo que es constantemente horroroso, como cuando caminas por la calle Jujuy para bajar a Colón y pasas frente a la Plaza Niños Cordobeses y pisas sin querer un charco seco de pis o un pañal cagado de algún bebé anónimo. 
El embichado de Cuando acecha la maldad, un ejemplo del horror.
Una ciudad que funciona como inodoro, un sur quemado y vendido, una Argentina que ya no se orgullece de ser tal, un presidente de dudosa higiene y con la raya peluda; nada de esto salía en las novelas de Enriquez. Creo que me estafaron. Todo esto es horrible, de horror, tan poco digno. 
¿Esto va para algún lado? Creo que no, al final solo quería decir que el único horror que me gusta es el que está en las novelas, siempre y cuando sea precedido por terror y siempre y cuando se lea tempranito en verano en el patio de casa, entre el pasto y los gatos. Eso sí que es glamuroso. 
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