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En la búsqueda de la libertad intelectual, ¿cómo sería el cuarto propio de la Virgina Woolf del Siglo XXI? ¿Tendría cuatro paredes, puerta, ventana y escritorio? ¿Un smartphone? ¿Estaría sola o lo compartiría con amigas?
Hace un tiempo, después de varios años de haber leído por primera vez Una habitación propia de Virginia Woolf, me propuse releerlo detenidamente y tratar de rememorar algunas ideas y sensaciones que me había dejado el libro en aquel momento.
La primera vez que llegué a ese libro no la recuerdo precisamente, pero sí puedo acordarme los problemas que atravesaba mi persona. Es extraño cómo nos olvidamos de los detalles más específicos de cada etapa de la vida, pero podemos recordar sin problemas si estábamos perturbados o felices. Muy bien, en aquel momento yo era una adolescente que se encontraba perturbada y ese maravilloso ensayo me ayudó en mi juventud.
Nací en una familia de clase media, con padres muy jóvenes que tenían poca guita y menos experiencia. Hasta que mi hermana y yo abandonamos el hogar, tuvimos problemas económicos. Nunca fuimos pobres, no. Contábamos con techo, comida y amor, y sin embargo esas dificultades fueron marcándome como persona.
Durante mi adolescencia, tuve que dormir en la misma habitación que mis padres y mi hermana, y no solo no pude explorar mi cuerpo por las noches, sino que además tuve que aprender a llorar sin hacer ruido. Supongo que lo mismo le pasó a mi hermana y a mis padres. Ahora hablamos de esa época y nos reímos a carcajadas: mágica receta argentina para transformar cualquier dolor en alegría. Pero la verdad es que en aquel momento todo era gritos y discusiones, no existían los límites y el problema de uno, era el problema de todos.
Fue en aquel momento cuando sentí esa necesidad de aislamiento y un año después cuando nos mudamos a un espacio más grande, leí el libro de Woolf y entendí ese deseo que hasta entonces no había podido poner en palabras ni compartir con ninguna persona.
Tener una habitación propia significaba conocer quién era y qué sentía; significaba poder escribir en silencio, tener cuatro paredes, un techo y una ventana por donde mirar pasar el tiempo, pero por sobre todo significaba empezar a construir mi propio pensamiento. Como escribió Woolf: “No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”.
Sin embargo, la última vez que leí el libro me generó nuevas ideas. Desde mi juventud romanticé la soledad porque para mí significaba libertad y recién a los 17 años tuve por primera vez un cuarto propio y pude por fin conocer mi clítoris por mi propia cuenta. Pero cuando releí el ensayo de Woolf hace unos meses, diez años después de aquella vez, descubrí que ese cuarto propio ya no tenía para mí el mismo efecto que en aquel entonces. No solo porque yo crecí y cambié, sino también porque el contexto se fue transformando y tener una habitación propia, en el sentido material, dejó de ser un simple privilegio para pasar a ser oficialmente una ilusión.
Una supuesta Virginia Woolf usando su celular
Hoy, para tener una habitación propia, no basta con un espacio delimitado por cuatro paredes, un techo, una puerta y una ventana, si tenés suerte. Hoy, a causa del progreso, tener un cuarto propio se volvió mucho más complicado. Y no me refiero solo a la crisis habitacional causada por el mercado inmobiliario que hay en la mayoría de los países del mundo, sino también al smarphone a través del cual estás leyendo esta humilde nota.
Con la expansión de las tecnologías de la comunicación, la carencia voluntaria de compañía se transformó en involuntaria. La desconexión-conexión que generaba habitar un cuarto personal, con estos nuevos aparatos se transformó en conexión-desconexión. Ya no usamos ese espacio para pensarnos por nuestros propios medios y procesar lo que sentimos y observamos. Ahora, ese momento se transformó en un lugar de consumo de servicios, productos e información que generalmente ni nos interesa.
El contexto social y cultural del cual habla Woolf en su ensayo, coincide y discierne del momento en el que vivimos actualmente. Si bien en 2026 aún siguen existiendo desigualdades entre el hombre y la mujer, el movimiento feminista ha logrado, en distintos países del mundo, diversas victorias que le permitieron a las mujeres recuperar autonomía y libertad respecto de sus cuerpos y sus vidas. Sin embargo, es necesario admitir que son más los derechos por conquistar que los conquistados y que el movimiento feminista actual no está ni cerca de vislumbrar allá en el horizonte el final de esta lucha.
Si en el momento en que Virginia escribió esto la mayoría de las mujeres eran privadas de gozar de libertad intelectual porque no eran dueñas ni de sus casas ni de sus propias vidas, ahora sucede algo similar, pero ya no solo a las mujeres, sino que se extiende al resto de la humanidad y tiene que ver con la multiplicación y normalización de las tecnologías de comunicación.
Como se pudo ver en una de las series más comentadas durante 2025, Adolescence, tener una habitación propia no es garantía de pensar por nosotros mismos, sino todo lo contrario. Encerrarse en una habitación es para muchos sumergirse en un océano turbulento de opiniones, información, imágenes, videos y demás datos que, lejos de fomentar un pensamiento propio y crítico, va configurando y reforzando a través del algoritmo nuestras opiniones. La idea de privacidad personal se transformó completamente. Si antes eran las mujeres las que tenían que habitar los espacios comunes del hogar, como la sala, la cocina o el comedor, ahora los espacios se extendieron hasta llegar a las oficinas de las grandes empresas. Pero no vengo acá a recordarnos que somos dominados por un celular.
Una selfie de Virginia Woolf
Hace unos días, en una charla con mi tía abuela, descubrí una tradición que tenían las mujeres de mi familia y me fascinó a tal punto que pensé en estas nuevas maneras de desafiar eso que Charly García llama “la máquina de ser feliz”.
Me contó que en la familia materna de mi abuelo y ella, que eran de origen yugoslavo, las mujeres —madres, hijas, hermanas, tías y primas—, cuando se encontraban en la casa de alguna, en vez de reunirse en el salón a merendar o pasar la tarde, se juntaban en la habitación de la dueña del hogar.
Mi familia tiene la capacidad de dormir más que el ser humano promedio: ocho horas son pocas para los Fernández-Pascovich. Es normal que sus vidas y pensamientos giren en torno a una cama. Cuando están despiertos, en lo único que piensan es en cuándo se van a volver a acostar. Y así era entonces. No sé cuándo se perdió esa tradición. Mi bisabuela invitaba a sus primas y agarraba dos bandejas: en una ponía toda la vajilla necesaria para beber café —taza, platito, cucharita, cucharón— y en la otra colocaba las masitas que llevaban sus invitadas. En vez de apoyarlas en la mesa de la sala o la cocina, como hacía cualquier doña de casa cuando tenía visitas, las colocaba en el centro de la cama y sus primas, junto a ella, se sentaban alrededor y se pasaban la tarde comiendo, charlando y, a veces, discutiendo temas trascendentales para la familia. La habitación, ese espacio que era propio, se convertía en un espacio de encuentro, de comunión, donde las mujeres se ponían al día, compartían sus alegrías y preocupaciones y además organizaban la vida familiar.
Esta anécdota que me contó mi tía abuela me hizo recordar, además del libro de Woolf, un poema que descubrí gracias a un taller que dio una gran escritora argentina en un tablao de Sevilla cuando estuve viviendo allá. La autora del poema es María Bastarós. Se los dejo para que puedan disfrutarlo como lo hice en su momento:
A veces sueño
con la amiga feminista definitiva
La conoceré en una rave
se me acercará
sigilosa
con oscilantes pasos de Doctor Martens
y un trozo de pastilla en la mano
y me dirá:
Toma tía
un cuartito pa ti sola
como la Virginia Woolf
En realidad, lo que me parece interesante de todas estas ideas descuajeringadas que traje a colación son las preguntas que me surgieron después: ¿Cómo sería el cuarto propio de la Virgina Woolf del siglo XXI? ¿Tendría un smartphone?
Además, si a causa de las tecnologías de la comunicación —que llegan a la intimidad más profunda como es estar sentada en el inodoro—, elegir estar sola de manera voluntaria es una ilusión, ¿dónde buscamos hoy nuestra libertad intelectual? ¿En nuestra mente como dijo Woolf? ¿En un cuartito compartido con las amigas? O quizás en la oscuridad que buscaron nuestras ancestras, las hermanas Shakespeare, y que hoy podemos decir, valió la pena.