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Alteración de La Extracción de la Piedra de la Locura, “El Bosco” - c. 1501.
¿El fin de la humanidad se aproxima? ¿Las ficciones de Netflix son la antesala de lo que nos espera o son sólo formas estereotipadas de presentarnos un futuro que, en realidad, todavía está por construirse?
Hoy, otra vez, en el almuerzo familiar de los domingos, mi tío volvió a alertarnos sobre los peligros de la inteligencia artificial. Como siempre, el debate se separó en dos: quienes sostienen que la inteligencia artificial es una herramienta que hay que aprender a usar a nuestro favor y quienes creen que hay que frenarla para siempre porque su avance significaría el fin de nuestra existencia. La discusión fue la misma que venimos teniendo hace tres fines de semanas seguidos. Nada nuevo apareció, sólo que la abuela aprendió a pedirle fotos con su cara y ahora envía al grupo imágenes de ella en la playa con distintos trajes de baño color flúo.
Hace días, mas bien hace varios meses, que vengo escuchando entre adultos y jóvenes un tono conversacional que debo admitir, me agota: la catástrofe.
Si no es la guerra, es la inteligencia artificial, si no es el cambio climático, es la baja de la natalidad. Lo que para los jóvenes era una preocupación sincera, se ha transformado en una catástrofe inminente.
Si no es la guerra, es la inteligencia artificial, si no es el cambio climático, es la baja de la natalidad. Lo que para los jóvenes era una preocupación sincera, se ha transformado en una catástrofe inminente.
Durante la pandemia, el discurso fatalista sucumbió a nuestro algoritmo y se instauró en las noticias que consumimos todos los días. Basta abrir Instagram o Twitter para advertirlo. “Alerta por el fenómeno del niño”, “¿Estamos cerca de una tercera guerra mundial?”, “Brotes de hantavirus vinculados a viajes en cruceros”, “La IA y el fin de la humanidad”. Ya no hace falta prender el televisor y poner Crónica para sentir esa adrenalina destructiva que activa el más argento de nuestros pensamientos: “que se vaya todo a la mierda”. Ahora sólo con desbloquear nuestro teléfono alcanza. En la cocina, en la sala, en el baño, en la cama, en nuestra propia casa el amarillismo nos domina. ¿Es el morbo o la comodidad de que lo peor ya está pasando y no podemos hacer nada más que observar?
No son una novedad las injusticias que habitan este planeta, ni tampoco hechos aislados o imprevistos como una gran tormenta o alguna catástrofe natural. No hay un giro dramático. Detrás de esta estructura que nos sostiene y nos aplasta al mismo tiempo, hay tramas de poder que se vienen perpetrando desde hace siglos. Que nuestro presidente sea digno de una tragicomedia de Netflix, no es una desgracia del universo. A alguien le sirve esto. A alguien le sirve que pensemos, que sintamos, que todo está perdido, que ya no queda nada más por lo cual luchar. Y no me refiero sólo a nuestras causas colectivas, sino también a nuestras aspiraciones personales, a nuestros deseos más íntimos.
Por eso, creo que una pista puede estar en repensar este lugar victimizante e impotente del que nos fuimos adueñando. Si existe una posibilidad de que algo cambie, está en nosotros. En nuestra capacidad de acción. Y no hablo de super hombres ni de super mujeres, sino de nosotros como comunidad, como sujeto colectivo.
Siempre ha sido así, serán millones las batallas que perdamos y si tenemos suerte podremos festejar alguna en vida. ¿Es frustrante? Cada vez más, pero peor es que nos controle el miedo o nos venza la indiferencia.
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Esta nota fue redactada al 100% por un individuo en situación de humano. Cualquier uso de máquinas inteligentes y virtuosas se redujo al mero acceso a la información, investigación y creación de imágenes absurdas.